Durante la homilía, el arzobispo planteó una tensión que atraviesa no solo la fe sino también la historia humana: en la Pasión “se conjuga toda la fuerza del odio, la mentira y la miseria humana”, pero al mismo tiempo aparece “un amor incondicional que se entrega hasta la muerte”. Traducido al lenguaje cotidiano: lo peor y lo mejor del ser humano coexistiendo incómodamente en la misma escena. Uno de los puntos centrales de su mensaje fue la referencia al momento en que, tras la muerte de Jesús, se rasga el velo del templo. Según explicó, ese gesto simboliza que, a partir de la cruz, “se revela el rostro de Dios”, una invitación directa a profundizar en el sentido espiritual de la Pasión y no quedarse en la superficie del ritual. En esa línea, monseñor Cargnello pidió a los fieles llevar esa reflexión a la vida diaria: leer el Evangelio durante la Semana Santa, especialmente en familia, y hacer un pequeño esfuerzo por bajar el volumen del ruido cotidiano.

El cierre del mensaje fue, quizás, el más incómodo y el más necesario. El arzobispo vinculó la Pasión con las problemáticas actuales: pobreza, violencia, abandono infantil, adicciones. No como conceptos abstractos, sino como rostros concretos. “Reconocer en esas realidades a quienes hoy sufren como Cristo” implica, básicamente, dejar de mirar para otro lado.

En la misa del Domingo de Ramos, el papa León XIV elevó un firme llamado a rechazar la violencia y las guerras, al presentar a Jesucristo como el “Rey de la paz”, cuyo testimonio desarma toda lógica de enfrentamiento y división.

Durante su homilía en la Plaza de San Pedro, el pontífice subrayó que la paz no es un ideal abstracto, sino el núcleo mismo del Evangelio, e instó a los cristianos a convertirse en constructores de reconciliación en un mundo marcado por el conflicto y la desesperanza.

León XIV invitó a los fieles a recorrer espiritualmente el camino de Cristo hacia la cruz, al destacar su Pasión como un acto supremo de entrega por amor a la humanidad. En contraste con el clima de violencia que lo rodea, Jesús responde con mansedumbre, misericordia y silencio, transformando el sufrimiento en don.

El Papa describió este contraste con imágenes elocuentes: mientras algunos recurren a la fuerza, Cristo se ofrece como ternura; mientras se organiza la violencia, Él permanece como luz en medio de la oscuridad.

“El Señor no se defendió ni promovió guerra alguna”, señaló, destacando que su realeza se manifiesta en el amor que se entrega incluso en medio de la injusticia.